martes, 14 de mayo de 2013

Mi estanque

 
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A petición del público selecto

El día que casi me ametrallaron.

 


5 de marzo de 2004

 

Una semana antes de los tristemente famosos atentados de Madrid, los Astilleros públicos de España teníamos una macromanifestación en la capital del Reino. Cinco mil que comenzamos a subir por la calle Velazquez, nos convertimos en once mil manifestantes casi una hora después, en una clara y tibia mañana.

 
Pero rebobinemos, porque no vengo a contar lo que sentí aquel día épico, sino lo que aconteció durante la madrugada anterior en… “El día que casi me ametrallaron”.
 
Salimos a las once de la noche del día anterior. Se fletaron autobuses para llevarnos a los trabajadores desde toda España, pero yo rehusé usarlos porque me resulta imposible viajar en uno de esos artefactos. Estuve 4 años haciendo autostop en la carretera entre Chiclana y Puerto Real, desde los 14 años, por no subirme en uno. Me resultan insoportables. Incómodos, asientos mugrientos algunas veces, desvencijados, chóferes que se creen que llevan un coche de caballos o un Ferrari, interminables horas sentado sin poder ni estirar las piernas ni los riñones. Y por supuesto para un agorafóbico practicante como yo, criminal. Que ahora por la crisis y por ayudar al planeta a descontaminarse, (vale solo por la crisis) he tenido que dejar el coche en el garaje en la calle y tomar el autobús de la empresa y joderme acostumbrarme, es otro tema.

Pero volvamos a aquella noche. Tomé la determinación de ir en mi vehículo particular y salir a la misma hora que los buses y seguirlos, aunque al final me fui por mi cuenta. Me acompañaban mi mujer, mi cuñada (que quería vivir in situ un evento como el que íbamos a tener) y un compañero que sería el que me relevaría conduciendo para no tener que parar.

La mañana antes me habían pedido que llevara los palos que servirían de astiles para las banderas andaluzas que exhibiríamos durante la manifestación y que alguien llevaría en un rollo (que aún tenían que comprar y por eso no se pudieron hacer). Así es que nos pusimos en marcha.

Todo iba perfecto, sobre todo para mí que iba durmiendo en el asiento del copiloto. Yo conduje hasta salir de Andalucía por Despeñaperros y allí, en Santa Elena, nos relevamos. De repente el compañero me despierta a empujones.

 

-          Quillo, el mando de la ventanilla dónde está.

-          Joder – le digo – ahí en la puerta.

-          Pero dónde, cual es –dijo apremiante.

 

En eso momento me doy cuenta de que nos apuntan con linternas y se oyen fuera gritos voces de alguien que dice “Que abras la ventanilla, coño”.

 

-          Es la Guardia Civil, un control, dónde está el botón pa abrir, que no quieren que abra la puerta.

 

Yo me agacho para darle al botón y en ese instante empiezo a oír un griterío afuera, de voces dando el alto y de manos arriba. Un perro saltaba como una fiera en mi ventanilla mientras una luz cegadora me sacaba los ojos. Levanto las manos.

 

-          Qué manipulas ahí, eh, qué manipulas –dijo el que después se identificó como teniente.

-          Es que no sabía donde estaba el mando –dijo mi compañero.

-          Cómo que no sabes dónde está el mando.

-          Es que el coche no es mío –la hemos liao.

-          Cómo que no es suyo, ponga inmediatamente las manos sobre el volante.

-          Mi teniente, hay dos más en el asiento trasero.

 

Mi mujer y mi cuñada, tapadas por una manta hasta las cejas por el frío, levantan las manitas como conejitos atrapados.

 

-          Las manitas, que yo las vea, arriba. (cada vez que he visto lo del crimen de los abogados de Atocha me ha recordado a aquella escena real). Y usted (por mi) salga del vehículo.

 

Ya mi compañero le había explicado al teniente que el coche era mío.

 

-          Y porqué lo lleva él –me pregunta un picoleto que me apunta con una metralleta y una linterna.

 

El perro me salta a la cara y noto su aliento y me salpica de babas. Yo que tenía entonces unas melenas hasta más allá de los hombros, me las aparto de la cara, aun adormecido.

 

-          Me quieres quitar la luz de la cara y el bicho este que me va a morder –digo en un acto más de inconsciencia que de chulería.

-          Que salgas del coche te digo.

 

Total que salí de allí y me cachea.

 

-          Pero qué buscas.

-          Tú estás tonto o qué –me grita el teniente que ya se ha puesto a mi lado, un chavalín que no tendría más de 25 años recién salido de la academia y al que le habrían puesto aquel marrón. –Que he estado a punto de ordenar abrir fuego cuando te he visto manipular.

-          Mira, yo no manipulaba na. Estoy durmiendo tranquilamente y me dice que está la Guardia civil y que le diga dónde se baja la ventanilla y se lo he dicho.

-          Pues estamos muy nerviosos eh, te has librado por un pelo chaval (supongo que ya estarían atentos a algún movimiento sospechoso que luego se tradujo en la masacre de la semana después).

-          Sí vamos que tengo pinta de etarra o qué.

-          No me vaciles chaval, no me vaciles y abre el maletero. Adónde vais.

-          Vamos a Madrid a una manifestación de Astilleros.

-          ¿Eres de Astilleros?

-          ¿Me puedes quitar la linterna de la cara que es que no veo na? Sí, soy de Astilleros, sí. Vamos a pedir que no nos cierren.

-          Qué llevas ahí –le enseño el equipaje ya que habíamos decidido echar todo el fin de semana en Madrid, y de pronto ve los palos. –Y eso para qué es.

 

Por un momento pensé decirle que era de mi padre para sujetar las tomateras, pero por suerte lo deseché al instante. Se lo toma por cachondeo y me llevo una ostia y duermo en la furgona, que por cierto luego comprobé que había quince o más haciendo un pasillo en zig-zag en toda la autovía.

 

-          Es para la manifestación –Ahí arreglándolo.

-          Cómo que para la manifestación.

-          Para hacer banderas.

-          Pues me parece que no vais a tener banderas. Ya puedes sacarlos y tirarlos ahí al arcén.

-          Como usté mande teniente.

El perro seguía ladrándome y levantándose, y ya me estaban empezando a tocar los cojones.

 
-          Teniente, le quiere decir a este hombre que me quite el perro de encima y me deje de apuntar con la metralleta. Es que me va a morder o se le va a escapar un tiro –ahí buscándome la ostia.

-          Cabo, puede retirarse. Es que estamos muy nerviosos –empezó a disculparse – y te he visto ahí manipulando…

-          Otra vez con manipular, que le estaba diciendo a…

-          Ya pero yo que sé si el coche es tuyo y el conduce y con… -me señala el pelo – y luego las chicas de detrás metidas bajo las mantas.

-          Es que somos de Cádiz y allí ya hace un calor que te cagas y no veníamos preparados. Tenían frío.

-          Ya hombre, ya. Venga seguid y tened cuidado no forméis na grave en Madrid.

-          Venga, de acuerdo y gracias por no matarnos.

-          Anda tira ya que no me arrepienta. Y la próxima vez no manipules.

 

Otra vez no manipules, si yo no… pero bueno era inútil seguir con un dialogo de besugos. Lo mejor irse ya. Me subo al coche y me abrocho el cinturón. El silencio era sepulcral. Y yo para romperlo no se me ocurre otra que decir “Pos nos iban a ametrallar por etarras”.

 
La madrugada transcurrió con normalidad hasta llegar a Madrid y luego, después de desayunar ya comenzamos a comentarlo en tono de guasa. Que si todo era por mis pelos, que si creerían que llevábamos a las dos secuestradas o que tenían goma 2 bajo la manta. Que mira que no saber como se abre una ventanilla, que si encima te pones chulo con el del perro.

 
El fin de semana fue espectacular por la gran marcha reivindicativa, y por que conocimos en persona a un gran hombre que tenía el deber de conocer y que fue mi hermano Connle, que encima nos presentó a su novia de entonces y nos acogió en su casa. Un gran final para endulzar el ¿amargo? comienzo.

Yo aun no soy muy consciente de que aquel día pude ser detenido, o quizás algo peor. Desde entonces, aunque sigo respetando a la “meretérica”, he dejado de tenerles miedo, porque sé que ellos tenían más miedo que yo esa noche.

martes, 7 de mayo de 2013

Entrevista con el vampiro




Merodean entre los vivos como uno de ellos cuando en realidad no lo están. Quizás sí les late el corazón, pero tan solo les sirve para mover la sangre por su cuerpo. Carecen de sentimientos y están muertos sin saberlo.

Los no-muertos, los Nosferatu, los vampiros.

 

Alguno ya estará a punto de llamar a Iker Jiménez o peor aún, al loquero. Evidentemente no hablo de los típicos vampiros al uso, del estilo de Vlad Drácula. Ni siquiera de los feminoides de la saga “Crepúsculo”. Hablo de los vampiros emocionales.

Desgraciadamente existen y vagan entre nosotros esperando su oportunidad. Se comportan exactamente igual que los vampiros de leyenda. Pero no tienen ese halo romántico de aquellos aunque si su letalidad

Para empezar diremos que son personas vacías, sin vida interior ni emociones. Almas muertas y podridas, que son solo sombras de personas.

Buscan víctimas emocionales, personas con sangre palpitante que caigan en su enredo. Personas débiles de espíritu y confiadas. Las huelen, las saborean antes de acercárseles siquiera. Tienen una vista especial depredadora. Detectan el calor que desprende su forma de ser abierta, su disponibilidad mental, su corazón sensible.

Se acercan de forma suave, con amabilidad y hasta educación. Se predisponen como el mejor amigo que hayas podido encontrar. Te cuentan su vida de pequeñas desgracias a fin de que abras tu corazón y les invites a entrar en tu refugio personal, tu intimidad.

Como vampiros que son, si no les invitas a entrar no pueden hacer nada, porque en sí son débiles también y frágiles y si fuesen descubiertos o atacados no disponen de armas psicológicas con las que defenderse. Por eso apelan a tu hospitalidad emocional para que les permitas la entrada. Una vez que lo has hecho estás perdido.

Cuando les abres tu corazón, tu vida íntima, tus miedos, ellos saben como mantener abierta la vena para que siga fluyendo la savia vital de tus emociones. Te van dando de su propio veneno, sus experiencias (reales o inventadas) para que mantengas abierta la comunicación. Saben que las desgracias compartidas son menos y por ello conocen el secreto para mantenerte propicio, a su disposición. No tienen piedad alguna, es su supervivencia emocional lo que está en juego.

Poco a poco te van vaciando de emociones mientras ellos van usurpando y haciendo suyas las tuyas. Van llenado sus vidas con lo que antes era tuyo, con tus sentimientos. Copiándolos, absorbiéndolos, mientras a ti te van dejando sin interés por nada, sin vida, sin emociones. Te hacen ver que tu vida es una mierda, que todo es mentira, que no eres nada, mientras ellos se van cargando de energía. Ahora tu vida es mucho peor que la suya. Ahora viven felices porque tú, que le crees amigo, eres más infeliz que ellos. La envidia, que es los que vuelve a alguien vampiro unido a una falta total de empatía por el prójimo, se diluye en los estertores amargos del que lo tenía todo aunque no lo supiera y ahora está vacío. “Ya no eres mejor que yo, ahora no tienes más que yo, estas por debajo de mí”.

Normalmente, cuando la víctima queda completamente desmoralizada y es ya solo una carcasa vacía de sentimientos positivos, es abandonada por el vampiro que habitualmente se mantiene un tiempo pleno de felicidad hasta que la va desgastando y busca otra víctima.

¿No podemos hacer nada ante este monstruo?

La respuesta es sí, claro que si eres una posible víctima, lo normal es que seas ajena a ese tipo de ser. Sencillamente no ves sus monstruosas facciones, porque ante ti se muestra como alguien incluso atrayente, y no hablo de connotaciones sexuales, sino emocionales.

Se necesita un Van Helsing que lo reconozca, que te avise y que lo combata o te diga como hacerlo.

Lo primero es reconocerle.

Normalmente se presenta como un gran amigo al que hace un par de meses apenas saludabas. De pronto te cuenta que tiene las mismas aficiones que tú, claro que siempre es después de que tú le cuentes las tuyas. Ellos en realidad no tienen ninguna, no tienen emociones ni sentimientos, recuerda. Pero de pronto se hacen los mayores fans de tu ídolo, los mayores seguidores de tu equipo, o les gusta de toda la vida ese estilo que a ti te caracteriza y que curiosamente hasta ahora nunca ha demostrado. Pero bueno, acaba de comprarse el último disco o película, la última equipación, o el último complemento idéntico al tuyo. Es lo más. Os vais a hacer uña y carne. Uña encarnada mejor dicho.

Te empieza a contar alguna desgracia suya y te abre su corazón, su muerto y detenido corazón. Eso hace que tú te confíes y le cuentes las tuyas. Pero al contrario que cuando le cuentas a alguien normal alguna cosa mala que te sucede, no te sientes liberado. Después de hablar con el vampiro te sientes más oprimido aún. Porque el vampiro te hace ver que efectivamente tienes una desgracia, no trata de suavizarla sino que abunda en el hecho, y te cuenta ya experiencias propias o conocidas que acaban fatal. Normalmente son experiencias inventadas o de otras víctimas. Pero para eso están ellos ahí, para ser tu paño de lágrimas, o tu sudario mejor dicho. Cada día te vas viendo peor y más amargado, cuando antes apenas eras consciente de que tenías un pequeño problemilla. Ese es el síntoma de que te ha mordido y te ha dejado su veneno.

Lo peor es que el veneno de los vampiros es adictivo y te hace ir a buscar más. También se aprovechan de ello. Te van alejando de aquellos que te pueden salvar.

Ellos reconocen a los enemigos, ven la luz en sus ojos y les temen, porque pueden descubrirles y dar al traste con todo el trabajo hecho.

Si les has abierto la puerta y te han mordido es difícil escapar de ellos sin ayuda. Aunque la mayoría de las veces esa ayuda sea vista como todo lo contrario, porque estás ya emponzoñado y solo quieres encerrarte en tu cripta y dormir, morir, desaparecer. Tan solo despiertas cuando aparece el no-muerto. Él te revive, te despierta y te vuelve a morder para sacarte una nueva dosis dejándote aun más vacío.

Puede que ya estés perdido del todo. O puede que no. Todo depende del grado de fortaleza que tengas, del aguante y de lo envenenado que estés.

¿Pero es que no hay salvación?

Claro que la hay, pero normalmente no es curable, sino preventiva.

Veamos la profilaxis.

Huye de aquel al cual no conocías apenas y de pronto se vuelve tu mejor, gran, fabuloso, genial maravilloso amigo. No es que te vuelvas un oso cavernario, pero desconfía de los “apretones de amistad”, sobre todo cuando se te ofrecen.

No vayas contando tus desgracias a todo aquel que se te acerca, tus intimidades. Siempre es bueno tener a alguien cercano a quien confesarte, pero resérvate de los recién llegados, por muy buenas intenciones que parece que traen y muy calidos que parezcan. Y siempre, siempre, mantén algo para ti solo. Hay que ser abiertos pero no en canal.

Si después de hablar de un mal que te aqueja, notas que estás cada vez peor, más dañado, más decaído, te están succionando la vitalidad. Aléjate de la persona con la cual notas que te encuentras así, por muy bien que hable y mucho que te escuche. Sobre todo si te sigue la corriente y te confirma que estás fatal. Te está acercando al precipicio.

No trates de enfrentarte a él, huye. Hay que tener muy buenas armas para enfrentarse a un vampiro, y si tú estás ya mordido o eres una víctima potencial, te aseguro que no las tienes. El vampiro jamás se enfrentará contra alguien seguro de sí mismo, contra alguien con personalidad. Es su agua bendita, su estaca, su ristra de ajos. Irradian una luz emocional tan intensa como la del sol y eso les desarma y les mata. Si conoces a alguien así, acércate a él porque es tu salvación. Son fáciles de reconocer. Te sientes bien con ellos, te encuentras mejor después de hablar con ellos, no hace falta que te hablen o aconsejen, solo que te escuchen. Te reconfortan. Son verdaderamente cálidos y acogedores.

El vampiro se alejará solo para no quemarse. Sabe que si lucha contra él y tú no te separas de él, está descubierto, desarmado y perdido.

Si luchas sin armas contra el vampiro descubrirás lo monstruoso que puede llegar a ser. Tiene tus secretos, tu vida en sus manos y te mostrará tu corazón sangrante mientras lo devora a la vista de todos dejándote herido de muerte. Sabe demasiado de ti.

Pero yo alguna vez he sido confidente de un amigo, o he llorado tratando de que el otro no me dejara a un lado, he hecho cosas inconfesables para no perder una amistad o un amor ¿soy un vampiro y no lo sé?

Amigo, si has sufrido por un amigo, si has llorado por un amor, aunque hayas hecho las peores cosas, has demostrado que tu corazón no está seco y muerto. Tan solo que no has sabido gestionarlo. Que te has equivocado de forma. Pero si te has sentido mal por ello, si simplemente has llorado, te has dado de cabezazos, o no has podido dormir durante días, serás un pobre desdichado, pero nada más.

Y ahora, pobres mortales, sed cuidadosos por ahí.

lunes, 6 de mayo de 2013

Se un lobo



La Humanidad se divide en varias clases de seres.

Por un lado están, conformando una inmensa mayoría, los perros.
Los perros, que van por la vida como grandes personas. Seguros de sí mismos. Dando órdenes, aconsejando. Ofreciendo ejemplos que ni ellos mismos seguirían.

Se mueven en jaurías. Se protegen a sí mismos. Se diría que forman una piña entre sus individuos, pero en cuanto uno tiene el más mínimo error o fallo, o un poco de estómago, lo devoran.

Estos perros van por ahí carroñando en los desperdicios de la humanidad. Rebuscando entre las desgracias ajenas. No son esos fieles y nobles animales, sino seres sin personalidad que se rigen por la voz de su amo. Un amo que no es más que otro perro de más talla. Pero perro al fin y al cabo.

 

La otra parte de la humanidad, una gran minoría, son los corderos. El ganado aborregado que dice sí a todo. Los corderos que creen que los perros les guían. Que confían en ellos como si de animales nobles se tratase. Un perro les lleva por aquí, el otro por allá. Ellos siguen unas veces a unos, otras a otros. Creen que les llevan a sitio seguro, pero que errados están. Los van llevando y separando hacia donde les saben más vulnerables. Cuando confiados se separan del rebaño y se entregan a sus pastores, estos les muerden en el cuello y los destripan sin piedad.

Sacan lo que necesitan y dejan los despojos a los buitres, por cierto otra clase de humanidad que junto a los perros está ahí para cernirse sobre la carroña que queda y tirar cada uno de un trozo de piltrafa hasta dejar al cordero en los huesos mondos de su desgracia.

 

Abandonados ya por aquellos que creyeron sus amigos, sus guías, solo pueden dejarse pudrir siendo solo la sombra de lo que fueron.


Pero por suerte, algunos corderos escapan. Bien porque nunca lo fueron, bien porque aprendieron a dejar de serlo. Se echan al monte y se convierten en lobos. Puede que se les considere almas solitarias, pero ellos se reconocen y a veces pueden actuar en manada.

Enseñan los dientes a los perros y ahuyentan a los buitres. Se revuelven, aun en minoría y luchan por sus vidas, por su libertad. Saben decir NO. No serán bienvenidos en muchos lugares. Ni pretenderán serlo. Vagan por la vida en su bosque irreal, en su mundo ideal. Salvajes, errabundos, independientes e insubordinados. No permitirán que ningún perro humillante les vuelva a tomar por corderos. Quizás morirán solos, pero soberanos de su propia vida. Señores de su tiempo y su espacio. Sin rebaños, pero sin pastores. Y ni tan siquiera los buitres serán capaces de, aun muertos e inertes, escarbar entre sus huesos, temerosos de la dura dentellada de los amos de su propio presente, de las garras de su pasado y del olfato de su futuro.

 
No seas un cordero, se un lobo.