lunes, 4 de noviembre de 2013

Miedo, tengo miedo. (especial Hallowen)



“Cuando dejas atrás tus temores, te sientes libre”. Spencer Johnson, escritor y psicólogo.

 
 

 

Todos tenemos miedo a algo. Todos sentimos miedo alguna vez. Aquel que no tiene miedo, o es un inconsciente o un mentiroso, quizás un loco. El miedo es algo animal e instintivo. Incontrolable y primitivo. Tanto es así que el Derecho Romano lo ponía como eximente de responsabilidad, el “casus metus”. También se recogen en las Siete Partidas y el artículo 20.6 de nuestro Código Penal así lo incluye “Están exentos de responsabilidad criminal (…) el que obre impulsado por miedo insuperable”.

El miedo, biológicamente hablando, es una adaptación al medio como mecanismo de supervivencia ante adversidades y peligros para responder rápida y eficazmente, huyendo o atacando. Es beneficioso para el individuo.

Visto de modo neurológico, el miedo es una organización del sistema nervioso primario y el sistema límbico (cerebro reptil, el mismo que se encarga de nuestra respiración, hambre o deseo sexual), que activa la amígdala en el lóbulo temporal. Genera adrenalina a raudales por todo nuestro cuerpo, preparándolo para actuar de forma rápida.

Desde el modo de ver psicológico, es un estado afectivo emocional que produce angustia y ansiedad, aun cuando no exista un motivo claro para sentirlo.

Social y culturalmente, se aprende a tener miedo de cosas o situaciones (aunque existen los miedos atávicos o innatos). O a no tenerlo de otras.

El miedo, como el dolor, nos advierte de un peligro para nuestra supervivencia, solo que el miedo puede ser algo que aun nunca nos ha sucedido.

Tememos a la muerte aun cuando nunca hemos muerto.

El grado más alto que se puede medir respecto al miedo es el Terror, y la respuesta máxima a ese miedo es la crisis de pánico. Es posible morir de miedo, o al menos sufrir un ataque al corazón ante un susto o un miedo continuado. El miedo incontrolado y continuo nos puede modificar los hábitos y hasta podemos llegar a tener una angustia y ansiedad tales que podemos deteriorar nuestra salud hasta límites insospechados. El miedo nos puede hacer matarnos o matar.

Existe también ese miedo inexplicable e innato. Aquel que casi todos tenemos y del que se nutren por ejemplo los autores de cine o novelas de terror. El miedo atávico.

La oscuridad, la sangre, la muerte, y los seres extraños o ilógicos.

Analicemos primero qué es un miedo atávico. Atávico es sinónimo de ancestral, hereditario, patrimonial. Es ese miedo que tenemos desde niños sin explicación alguna y sin aprendizaje, ni inculcado ni experimentado. El miedo atávico, aun aprendiendo a dominarlo y hasta incluso superándolo como cosa de la infancia, nos acompaña durante nuestra vida. Prueba de ello es que nos acecha en el lugar donde no podemos controlarlo de forma consciente, nuestros sueños.

    El miedo atávico que primero suele aparecer en nuestra vida es el miedo a la oscuridad.

Desde que ni siquiera éramos pensantes, la noche está llena de peligros, o como diría Melisandre de Asshai: “La noche es oscura y alberga horrores” (Juego de Tronos).

Los primates simios (no todos los primates son simios) son, somos, animales diurnos. Nuestra vista no está adaptada a la oscuridad y por tanto la noche debía ser, y de hecho lo es aun hoy día aunque vivas en una gran ciudad iluminada artificialmente, un peligro. Las bestias más peligrosas cazan de noche. Grandes mamíferos carnívoros, serpientes y cocodrilos, acecharon a nuestro antepasados en las oscuras noches prehistóricas. La noche es oscuridad y por tanto, el miedo permanece aun cuando estemos seguros en nuestra casa o nuestra habitación. Pocos son los que se atreven a entrar en una habitación desconocida a oscuras. Los que estamos habituados a movernos a oscuras por nuestra propia casa habremos tropezado muchas veces con esa silla o ese juguete que alguien, uno mismo, dejó en medio de la sala. O esa puerta del mueble alto de la cocina que dejaste abierta y que ahora cierras con un portazo y cien insultos.

¿Quién se atreve a beber agua de un vaso a oscuras? Me trae la memoria dos casos a este respecto. La primera noche que me tuve que levantar a trabajar, a las seis de la mañana, recién casado. En mi casa dejaba la puerta abierta y ella en la suya la cerraba. Como yo no soportaba la puerta cerrada y ella no podía dormir con la sensación de la puerta abierta de par en par, se quedó a medio cerrar. Me levanté aquella aciaga mañana de otoño, catorce años ha, y para no molestar no encendí luz alguna. No había, como hoy, esos móviles (celulares) linterna con pantalla que ilumina como una mañana primaveral. A tientas, con los brazos extendidos como un sonámbulo, me encaminé hacia la puerta y ¡clonk!... me estampé la hoja en toda la ceja. Los brazos a cada lado de la puerta pasaron sin advertirme, como era su misión, el peligro que me acechaba en aquella noche/madrugada infausta y fatal. A partir de entonces la puerta estaba abierta en verano y cerrada en invierno. Pero el “terror” a encontrarme aquella siniestra lámina de madera, persistió durante meses. Y no queráis leer lo de aquel vaso de agua que dejé de adolescente en mi mesilla una noche (sin tapa de croché como las abuelas) y cuando bebí de madrugada me tragué alguna cosa que flotaba y que no llegué a poder identificar, pero que podría ser una mosca o una polilla.

Pero fuera de estas dos anécdotas personales, la noche y la oscuridad son peligrosas para seres diurnos, por mucho que nos guste trasnochar. Los jóvenes, temerarios y osados, se aventuran una vez pasada la infancia a salir a la noche. Es más, prefieren la noche que oculta sus misteriosas y secretas reuniones, alejadas de niños y adultos que temen la nocturnidad.

     La sangre. El líquido vital por excelencia. Todos conocemos la importancia del cerebro o del corazón para vivir. Sin embargo, es a la sangre a la que desde siempre hemos dado la virtud de ser la portadora de la vida, relegando al cerebro a cuestiones puramente intelectuales y dejando el corazón para las sentimentales.

Todo el mundo es consciente de que la perdida de sangre puede conllevar a la muerte. Su sola visión ya nos indica peligro para nosotros o para quien la derrama. Tan solo ver sangre en algún sitio, sin que haya víctima o tengamos conocimiento de la causa que la generó, nos pone en sobreaviso de que algo malo ha sucedido. Apenas muchos tenemos siquiera conciencia de su color real y la imaginamos roja brillante, cuando en realidad tiende a un color rubí oscuro. Asociamos el rojo al peligro quizás debido al color de la sangre.

¡La sangre es vida! – gritaba Renfield en la obra de Stoker. “Dona sangre, dona vida” reza la publicidad de la campaña de la Cruz Roja.

Al igual que la pérdida de sangre es la muerte, la recuperación de ésta es constituyente de revivir. Cuando aun no existía el concepto de la transfusión sanguínea como uso común, ya se tenía por cierto que habría que encontrar una técnica para recuperar la sangre perdida por medio de la toma del líquido vital por alguna vía. Cuando aun no se conocía la circulación sanguínea se creía que la sangre no estaba estática en nuestro cuerpo, pero que solo se movía para ser consumida por el propio cuerpo desde el hígado. Por ello se pensaba que la forma de introducirla en el cuerpo era por el lugar natural de ingesta.

Debía ser común en la antigüedad el consumo de sangre cuando la Biblia lo prohíbe expresamente: “Sólo tendrás que abstenerte de comer la sangre, porque la sangre es la vida, y tú no debes comer la vida junto con la carne. Por eso, derramarás la sangre en la tierra, como si fuera agua. Así serán felices, tú y tus hijos después de ti, porque habrás realizado lo que es bueno y recto a los ojos del Señor, tu Dios. Pero los dones que debas consagrar al Señor y los que ofrezcas en cumplimiento de un voto, irás a llevarlos al lugar que el Señor elija. Allí harás el holocausto de la carne y de la sangre sobre el altar del Señor, tu Dios. En cuanto a tus sacrificios, la sangre será derramada sobre el altar del Señor, tu Dios, y tú comerás la carne.” Deuteronomio 12, 23-27.

Se prohíbe tomar sangre cualquiera que sea su origen porque es la vida, en ella reside el alma. Sin embargo se permite y es además necesario derramar en la tierra o en el altar porque así regresa a la divinidad que la concedió.

La mayoría de religiones y mitologías tiene a la sangre como receptora del alma. Se ofrece a Sejmet, la diosa leona egipcia, para aplacar su ira. La mayoría de culturas precristianas  europeas exigen sacrificios de sangre. La céltica, la germánica, las clásicas romana y griegas. Las culturas africanas y amerindias exigían sus tributos de sangre derramada sobre la tierra u objetos sagrados para infundirles la fertilidad vital o el alma de los sacrificados. Pero curiosamente es el cristianismo el que convierte el preciado líquido en alimento y unión con el dios que lo representa.

Hoy en día no se concibe la idea (exceptuando algunas religiones) en el mundo occidental de tener el concepto de transfusión de sangre como algo malo, más bien al contrario. Sin embargo, el consumo directo de sangre nos parece algo abominable. Tanto más si la sangre es humana. El juicio de valor tan dispar y paradójico nos viene, creo, de la diferencia en la vía de consumición. La aséptica aguja nos libra de la repulsiva acción de beber tan abominable líquido.

La sangre derramada o el que se alimenta de ella nos produce el mismo miedo, la pérdida de la vida y el alma de aquel que la pierde.

    La muerte es un miedo en sí misma. El ser humano es el único animal consciente de la propia muerte. La muerte es en síntesis lo que nos provoca el miedo. La conciencia de saber que podemos morir. Es lo que provoca la necesidad de creer en algo más allá de la propia muerte. La noción de que si no hay nada, desaparecemos para siempre. La muerte va también asociada al dolor. Mucha gente no teme a la muerte en sí, sino al dolor del tránsito. Los objetos que nos la recuerdan nos causan pavor. Tumbas, féretros, coches funerarios, los propios muertos. Con el miedo a la muerte nos mantienen en vilo continuamente desde que nacemos. Nos controlan, nos dominan, nos someten, nos gobiernan. Es el miedo directamente.

Por ultimo, tememos de forma natural a los seres ilógicos y extraños. Desde la más primitiva comunidad humana, la más antigua y perdida en el tiempo, tuvimos miedo a los seres extraños. Lo desconocido. Todo lo que sale de nuestro mundo conocido es susceptible de ser peligroso. Los animales conocidos los reconocemos como peligrosos o inofensivos, pacíficos o agresivos. Sabemos a qué atenernos. Huir, atacar o simplemente pasar. Pero cualquier animal desconocido nos causa, además de fascinación, un miedo natural. Podemos también temer a otros seres humanos distintos, y de hecho, la violencia más descontrolada del ser humano se ejerce sobre aquellos otros congéneres que nos resultan distintos y extraños. Las otras razas y culturas nos parecen peligrosas hasta que las conocemos. Las opciones religiosas, sociales y sexuales diferentes a las nuestras también. El miedo nos hace huir si estamos en minoría o atacar y destruir en caso contrario.

Los seres ilógicos nos aterran aun más. Los seres ilógicos son aquellos que, o bien por su naturaleza supuestamente inofensiva, o bien por su naturaleza no humana, nos impresionan. Niños terroríficos que bajo su angelical rostro ocultan un asesino. Animales inofensivos aparentemente que de pronto se convierten en peligrosas bestias. Objetos que pasan de ser simples herramientas a armas letales.

Por otro lado encontramos a seres monstruosos cuya apariencia ya nos espanta. Muertos que despiertan y se mueven entre nosotros, seres o animales que se alimentan de personas, fantasmas de gente que regresa de la otra vida, personas deformes o con extraños atributos, monstruos no humanos venidos de otros planetas o creados por otros hombres.

Claro, pero estos últimos, no existen en su mayoría. Lo que ocurre es que como hemos dicho, el miedo humano no tiene que ser por algo existente, no por algo presente y tangible.


La literatura y el cine han aprovechado estos miedos atávicos para explotar un género que desde que se creó allá por el siglo XVIII con la novela “El castillo de Otranto” (Horace Walpole, 1764) nos ha fascinado y aterrorizado en las noches oscuras.

La unión de varios o de todos los elementos que nos atenazan componen las características de la novela o el cine de terror. Monstruos deformes, zombis, brujas, demonios, viejas abadías, casas desvencijadas, lugares solitarios, cementerios abandonados o lúgubres bodegas. Pisadas sangrientas, caníbales y bebedores de sangre. Niños de aspecto angelical que esconden terribles secretos, muñecos inofensivos que cobran vida para atormentar a sus dueños. Doctores y profesores o científicos que incumplen sus doctrinas benefactoras para sucumbir en los más atroces experimentos. Premoniciones y sueños tenebrosos. Macabros crímenes perpetrados por infames personajes. Animales domésticos que se convierten en fieras sedientas de sangre. Largos y oscuros pasillos de hoteles u hospitales que albergan horrores por alguna bárbara y brutal historia cometida antaño entre sus paredes.


Como podemos apreciar hay dos maneras de percibir el terror, que no el miedo (que es aquello que nos produce ese terror). Una es directa y horizontal. Objetos, situaciones y personajes que ya de por sí, con su sola visión, nos induce al miedo. Sangre, muertos, monstruos o lugares relacionados con la muerte o con cosas terroríficas. Por otro el miedo indirecto o transversal. Ese que presenta seres u objetos de apariencia normal y que poco a poco van adquiriendo ese tinte de inquietud, intranquilidad, desasosiego o aprensión que no va introduciendo en el miedo espeluznante y aterrador.

Quizás el primero por obvio nos provoca menos tensión que el segundo. En la vida cotidiana es más fácil encontrar el miedo transversal en personas o animales u objetos que pasan de ser inofensivos a agresivos. La sorpresa amarga de ver a tu lindo perro convertirse en un asesino. O saber que la agradable ancianita del quinto tenía a su esposo en el congelador hecho trozos. O el niñito inocente que mató a su amiguito por un par de cromos. Las tijeras que se convierten en el arma con que alguien mató a su vecino. O esa casa que se convirtió en una trampa mortal para la familia que vivía dentro. De la sorpresa al asombro, del asombro al desconcierto, del desconcierto al pasmo y de este a la conmoción.


Hoy triunfa más una novela o film de terror psicológico que la típica película de monstruos que ha pasado a un nivel casi infantil. Nos extraña el terror que podía producir un “Drácula” de Bela Lugosi sin colmillos ni sangre, solo por su inquietante mirada enmarcada de sombras. El espantoso pero triste rostro del monstruo sin nombre del doctor “Frankenstein”. Los andares cuasi robóticos de “La momia”. El gran hotel de “El resplandor”. La niña del “El exorcista”, mil veces parodiada. Y las ya simpáticas máscaras sangrientas de leatherface de “La matanza de Texas”, Freddy de “Pesadilla en Elm street”, Jason de “Viernes 13”, Michael Myers de “Hallowen”, o el ya hasta gracioso asesino sin nombre de “Scream”. No nos aterra el tiburón de su película homónima, ni King Kong o el perro de los Baskerville (si alguno sabe de aquella película).

La fiesta de Hallowen que acabamos de pasar/sufrir nos revela que esos monstruos han pasado a ser un reclamo infantil que no asustan ya.


Pero aun nos inquietan los pájaros de Hitchcock, y nos trae a la memoria el film un tendido eléctrico lleno de estorninos. O la escena de la ducha de “Psicosis”, y nos asomamos al otro lado de la cortina o la mampara cuando pasa la sombra de alguien, aunque sepamos que es quien convive con nosotros. Nos domina la incertidumbre al acercarnos a una gran casa abandonada o solitaria como la de Amity Ville. Nos acongoja un pasillo de hospital vacío por la noche. Porque es algo en sí inofensivo, pero ¿qué peligro puede acecharnos?

Nos aterra y sin embargo, nos atrae.

En el propio inicio de la fiesta americana de Hallowen de nuevo, podemos apreciar esto. El “Trick or treat”, que aunque hay muchas versiones sobre antiguas tradiciones, la verdad es que apareció en los años 20 del pasado siglo en Chicago, donde bandas de pequeños desarrapados recorrían los barrios disfrazados la noche de Hallowen para pedir un regalo a cambio de no hacer ninguna barrabasada. La traducción de la frase sería “susto o regalo” (no el truco o trato castellanizado) y vendría a ser la amenaza real de esos niños a los pobres habitantes de la ciudad por parte de estos a veces crueles pequeños, amparados en su anonimato, que llegaron a aterrorizar a los ciudadanos de tal manera que las autoridades tuvieron que tomar cartas en el asunto. Como veis, dan más miedo los pequeños ladronzuelos de aparente inocencia, que los monstruos de los que iban disfrazados.


Mucha gente se pregunta, cómo puede atraernos el terror. Cómo nos acercamos precisamente a aquello que más nos asusta. Puede que sea la curiosidad humana, la que nos hizo acercarnos por primera vez a aquel fuego que a otras bestias ahuyenta y nos abrió el camino hacia la humanidad. La que hace que la chica baje al sótano, cuando todos le gritamos que no entre, y el sentido común así lo indicaría.

Pero también puede que tenga un componente hormonal y de aprendizaje.

De todos es sabido que para librarnos de una fobia, los psicólogos utilizan un método de choque. Enfrentarnos a aquello que nos produce miedo en un ambiente seguro del que podamos librarnos cuando queramos, con solo pulsar un botón.

 
El miedo produce una hormona llamada adrenalina. Todos hemos oído hablar de ella. Todos la hemos sentido y sufrido. Es la que nos amarga la boca y nos seca la garganta, nos provoca temblor y nos eriza la piel, nos hace enrojecer y dilata nuestras pupilas… y nos suelta la vejiga y los esfínteres. Si, la hormona del miedo pura y dura. El cuerpo la libera para prepararnos inmediatamente para la acción. Nos libera de peso aliviando nuestro cuerpo de agua y heces, nos hace mejorar la visión dilatándonos las pupilas. Nos hace parecer más grandes erizando nuestro pelo (hoy convertido en vello, pero el cerebro aun no lo ha asumido). Nos pone en tensión haciendo que el azúcar se libere y acuda a los músculos a chorros. Nos hace sudar para volvernos escurridizos y aclimatar la piel para el sobreesfuerzo que nos puede provocar la huida o el ataque inminente. Pero la adrenalina provoca también efectos adversos en el organismo. Aumenta la tensión arterial y los latidos del corazón, el ritmo respiratorio. Esta situación, de dilatarse en el tiempo, puede acarrear problemas serios. Para disminuir la adrenalina, una vez ha cesado el peligro que la provoca, se produce un inhibidor que lleva a los niveles normales a dicha hormona. Estos inhibidores son, dopamina, endorfina y oxitocina. Tres hormonas que son las llamadas, hormonas del placer y del amor.

La oxitocina produce excitación sexual, contracción del útero (por eso se usa para acelerar el parto) y en dosis fuertes el climax del orgasmo. Se provoca con la succión del pezón en las madres lactantes, la estimulación genital y de forma artificial o provocada (como es el caso de la inhibición de la adrenalina).

Las endorfinas son las hormonas de la fidelidad. Provocan tranquilidad y bienestar. La oxitocina las libera por sus efectos opiáceos para atenuar el dolor físico y la excitación. Rebaja así el posible dolor producido por la situación anterior y rebaja los niveles de sudoración, cardiacos y arteriales, y respiratorios. Provoca el placer post orgasmo. Se la llama la de la fidelidad porque son las que nos mantiene unidos a la persona que nos proporciona a través de la excitación sexual un sentimiento de bienestar posterior al que nos hacemos adictos.

La dopamina es una hormona que también crea una sensación de motivación y recompensa ante una situación. Es la hormona del aprendizaje. Algo que nos provoca placer es buscado gracias a esta hormona. Nos enseña a discernir entre el dolor y el placer.

 
La unión de estas cuatro hormonas nos provoca la adicción al miedo como forma de encontrar el placer posterior al cesar dicha situación de miedo. La adrenalina nos predispone, la oxitocina nos prepara y aumenta la tensión que luego al liberar endorfina nos alivia y relaja. La dopamina nos hace buscar ese miedo para conseguir el placer posterior. En ello se basan también los deportes de riesgo. El aprendizaje nos lleva a comprender que ese miedo es intrascendente e inocuo.

En definitiva, un peligro para la vida, pero en la sociedad civilizada actual, el estimulo del miedo real es fundado al vivir en un mundo aséptico. Ello nos hace reaccionar con autentico pánico, el miedo al máximo nivel, cuando el peligro se vuelve real y tangible.

No veréis a personas que vivan en lugares con un peligro real y cercano, yendo ver películas de miedo, porque no lo necesitan ni les conviene. El peligro allí es real y cercano, doméstico.

Para no cargar más esta entrada anuncio, para regocijo de algunos amigos que me lo han pedido, que publicaré una entrada sobre mis miedos atávicos. Hasta entonces, cuidado por donde caminais. Mirad siempre atrás.
 
 

martes, 22 de octubre de 2013

La Furia y la Tristeza



Al hilo de la anterior entrada, mi amiga Eva María Romero Tonda me pasa este cuento precioso. Y con su permiso concedido, aquí lo muestro.



"En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...

Había una vez...
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas, las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla encontró que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza".

Del libro Cuentos para pensar de Jorge Bucay


lunes, 21 de octubre de 2013

Porqué el amor es ciego y la locura lo acompaña siempre



No es mio, ojalá lo fuera, e ignoro su autoría.


Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los
sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el ABURRIMIENTO había
bostezado por tercera vez, la LOCURA, como siempre tan loca, les propuso: 

- ¿Jugamos al escondite? 

La INTRIGA levantó la ceja intrigada y la CURIOSIDAD, sin poder contenerse, preguntó:

- ¿El escondite? y ?como es eso?

- Es un juego -explico la LOCURA- en que yo me tapo la cara y comienzo a
contar desde uno hasta un millón mientras los demás se esconden y cuando yo
haya terminado de contar, debo ir encontrándolos a todos.

El ENTUSIASMO bailaba secundado por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a la DUDA, e incluso a la APATÍA, a la que la
diversión nunca interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La VERDAD prefirió no esconderse, ¿para qué?, si al final siempre la hallaban,
y la SOBERBIA opino que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le
molestaba era que la idea no hubiese sido suya), y la COBARDÍA prefirió no arriesgarse...

- Uno, dos, tres...-comenzó a contar la LOCURA.

La primera en esconderse fue la PEREZA que, como siempre, se dejó caer tras
la primera piedra del camino. La FE subió al cielo, y la ENVIDIA se escondió tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol mas alto.
La GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: un lago cristalino, ideal para la BELLEZA; el bajo de un árbol, perfecto para la TIMIDEZ; el vuelo de la mariposa, lo mejor para la VOLUPTUOSIDAD; una ráfaga de viento, magnifico para la LIBERTAD. Así que terminó por ocultarse en un rayito de sol.
El EGOÍSMO, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... pero sólo para él. La MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos.. !mentira!, en realidad se escondió detrás del arco iris, y la PASIÓN y el DESEO en el centro de los volcanes.
El OLVIDO..., !se me olvidó donde se escondió!. Cuando la LOCURA contaba 999.999, el AMOR todavía no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

- !Un millón! -contó la LOCURA, y, comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la PEREZA, solo a tres pasos de la piedra. Después se escucho a la FE discutiendo con Dios en el cielo sobre Teología. Y a la PASIÓN y al DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la ENVIDIA y, claro, pudo deducir donde estaba el TRIUNFO.
Al EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo; el solito salió disparado de su escondite, que había resultado un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y, al acercarse al lago, descubrió a la BELLEZA. Y con la DUDA resultó mas fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado del lago esconderse. Así fue encontrando a todos: el TALENTO entre la hierba fresca, la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arco iris y hasta el OLVIDO, al que ya se le había olvidado que estaba jugando a los escondidos.
Pero solo el AMOR no aparecía por ningún sitio. La LOCURA buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y las rosas... Y tomó
una horquilla y comenzó a mover las ramos, cuando de pronto un doloroso
grito se escuchó.
Las espinas habían herido en los ojos al AMOR. La LOCURA no sabía que hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró y finalmente le prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugo al escondite en la tierra,...

 

...EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA LO ACOMPAÑA SIEMPRE
 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Suéltate el pelo

Tengo por cierto la relación entre el pelo largo y la libertad en el hombre y también en la mujer.


Está claro que en la mujer, las culturas misóginas y machistas ven en el pelo largo y suelto un signo de sexualidad latente que si bien es deseable en mujeres casaderas, no lo es así en las ya casadas obligándolas a cubrirse con pañuelos, etc. No es solo cuestión religiosa sino cultural. No es solo costumbre musulmana sino también cristiana. Las mujeres deben cubrirse en la iglesia en tanto el hombre por el contrario, debe descubrirse. Hasta no hace mucho las mujeres salían a la calle en España cubiertas por un pañuelo más o menos fino para no ser mal vistas. Mi abuela llevó un pañuelo y una larga cabellera recogida siempre en un rodete, hasta su muerte. Y así todas las mujeres de su edad que conocí.

En el hombre ocurre algo parecido, pero en otra vertiente. El pelo largo es símbolo de independencia y de libertad. Y no es solo cuestión de pertenecer a una tribu urbana. Es algo mental.

Es algo que ha ocurrido a lo largo de la historia que los hombres libres han llevado el pelo largo, en tanto el pelo corto era signo de sumisión, obediencia, acatamiento, respeto, subordinación, reverencia, vasallaje, pleitesía, derrota, esclavitud, humillación, docilidad, disciplina. Muchas veces se trata de enmascarar con la mentira de la limpieza o la higiene.

El hombre formal y limpio lleva el pelo cortado, el que lleva larga melena es un informal, un sucio o un irreverente.

Lo primero que hace en el ejército al entrar es cortarte el pelo. ¿Para qué? Por higiene dicen. Falso. Las mujeres en el ejército lo llevan más o menos largo, no están obligadas a pelarse, con solo recogérselo ya vale. ¿Acaso ellas tienen algo que les impide coger piojos? No, el pelo se corta por humillación y uniformidad.

Recuerdo mi entrada en la “mili”. Yo llevaba una media melena, no muy larga pero si lo suficiente como para que formara rizos rebeldes. Había muchos que llevaban melenas salvajes, era la época dorada del Heavy metal. Nos pusieron en fila, vestidos ya con el uniforme. Todos pasamos por la maquinilla infernal. No había espejos y todos salíamos tocándonos la cabeza. Había risas cuando salía uno que llevaba el pelo largo. Irreconocible. Todos nos reíamos al ver salir a otro. Hasta que subimos a la compañía y nos fuimos a ver al espejo del baño. Aquello, al menos a mí y por las caras al resto también, nos hundió directamente. El silencio entre los que lucíamos antes un pelo más o menos largo era sepulcral, no así entre los que ya iban de corto, que lo asumieron más fácilmente. Nos habían quitado la personalidad y precisamente era eso lo que buscaban. Anular tu individualidad y tu singularidad. Eras uno más del batallón. Con el uniforme nuevo y el pelo a ras, no distinguías a unos de otros a no ser que tuviera una altura considerable o una corpulencia destacada. Así, lo que se solía hacer con el tiempo era ir dotándote en el uniforme de cosas distintivas que aportaran algo de personalidad. Un cordón con alguna cosa especial colgando de la hombrera o una forma peculiar de colocarte la gorra. Tonterías a ojos de profano, pero que te llevaban los demonios si el oficial de turno te obligaba a quitártelo. Señal por otro lado de que molestaba, por el motivo que indico arriba.

Pero no es solo en la vida militar. En la vida normal un hombre de pelo corto es mejor visto en las entrevistas laborales que un bohemio melenudo. Es señal de hombre formal y que puede someterse fácilmente a los parámetros y directrices de la empresa a la que se presente. Lo vemos todos los días. Yo lo he vivido. Y personas cercanas.

En la calle, lo vemos todos los días. Y no es nuevo.

En la antigüedad, los pueblos célticos llevaban muy a gala sus largas melenas como signo de hombre libre. Para los romanos, la Gallia se dividía en tres: Cisalpina, a este lado de los Alpes (muy romanizados y en contacto con los latinos desde siempre), la Transalpina, menos romanizada justo al otro lado de los Alpes (ayudaron a los romanos a pasar hasta hispania y sirvieron de acicate contra el resto de galos) y la Gallia Comata, la Galia cabelluda o peluda, que componía la inmensa mayoría de territorio. La Gallia Comata era considerada bárbara y salvaje y sus habitantes indomables y de costumbres sangrientas y aberrantes. Sus largas cabelleras eran untadas de ceniza y jabón cuando iban a la batalla para que con el viento quedaran erizadas y causaban espanto entre los soldados romanos.
Los germanos se dejaban el pelo largo en tiempo de paz y era señal de sumisión el recogérselo en un rodete, e incluso cubrirlo con un pañuelo, cuando se unían bajo un rey en tiempo de guerra. Luego, al volver de nuevo a estar libres se “soltaban la melena”.

En su lado contrario, griegos y romanos se cortaban el pelo y esto era señal de sumisión al Estado. Entre los griegos cabe destacar a los espartanos o mejor dicho, los laconios. Estos eran diferentes totalmente a sus hermanos griegos. Su modelo de estado era antagonista al democrático ateniense. Los hombres no eran reclutados para ir a la guerra como los atenienses, sino que iban libremente. Y por supuesto, llevaban el pelo largo.

Los godos tenian por costumbre llevar suelto el pelo y la mayor humillación para un hombre era ser decalvado, que aun no se sabe si era raparlo o directamente arrancarle la cabellera. El rey Wamba fue narcotizado para hacerle creer que se moría y según su deseo fue pelado y tonsurado para tomar los hábitos antes de morir, cuando pasó el efecto narcótico no pudo seguir siendo rey pues sus cabellos cortos no eran signo de hombre libre. Los esclavos se caracterizaban por ir rapados.

Los indígenas norteamericanos arrancaban las cabelleras de sus enemigos muertos para que no pudiesen descansar en paz e ir a las Grandes Praderas.

Los samuráis se dejaban el pelo crecer sin cortarlo nunca desde niños, y solo se lo recogían en presencia de sus superiores los daymio o el shogun. El samurai que ofendía a un señor era obligado a cortar su pelo y dárselo al ofendido en señal de vergüenza y se convertía en “ronin”, samurai sin señor. A partir de ahí se lo volvía a dejar crecer y cuando ya lo tenía lo suficientemente largo como para lucir un alto moño y presentarse de nuevo a un señor para ofrecerle sus servicios. Era símbolo de grandeza y altanería.

Más cerca de nosotros, los soldados de caballería de los ejércitos de la época napoleónica como húsares y dragones, solían dejarse crecer el pelo. Cuando estaban de permiso o asueto se lo dejaban suelto y eran obligados a recogérselo en una trenza o un rodete cuando estaban acuartelados. El pelo largo era símbolo de su pertenencia a tan noble cuerpo.

Hoy podemos ver como en algunas tribus urbanas el pelo también denota esas mismas características que antaño. Los rapados skin-heads que siguen a sus líderes con obediencia ciega, por ejemplo. Mientras, del otro lado, el "look" bohemio y desaliñado del que no sigue líderes, ni amos, ni se ajusta a lo establecido, con sus luengas melenas.

Existen muchas historias y leyendas acerca del pelo largo y la libertad, y como muestra, dos que de seguro conocereis.

 En la Biblia se cuenta que Sansón, un israelita nacido bajo el yugo filisteo, poseía una gran fuerza debido a sus largos cabellos. En el Libro de los Jueces (capss. 13 a 16) se cuenta como mató de niño a un león con sus propias manos y a mil filisteos con una simple quijada de burro. Fue engañado por Dalila, una filistea, a quién confiesa dónde reside el poder de su fuerza. Durante la noche Dalila le corta los cabellos y Sansón puede ser apresado y cegado. Es obligado a trabajar en una cantera durante años, lugar donde vuelven a crecer sus cabellos. Cuando es llevado al Templo de Dagón a entretener a las gente durante un sacrificio, es encadenado a dos grandes columnas. Sansón, con sus recuperadas fuerzas empuja las columnas y el techo se derrumba sepultandolo a él y a tres mil filisteos.
Sansón pertenecia a una especie de secta que se enfrentaba a los dominadores del pueblo de Israel llamados nazareos. Eran eremitas y vivian consagrados a Yaveh, y entre otras costumbres, no comían carne cocinada, ni bebidas fermentadas, ni podían vestir con ropa manufacturada o cortarse el pelo. Juan el Bautista puede que también fuera nazareo. Y su primo Yeosuah, el Jesús de los cristianos también estuvo en el desierto practicando el nazareato (de ahí su apelativo nazareno, que en nada tiene que ver con la ciudad de Nazareth que ni siquiera existía en el siglo I). El pelo largo les daba una fuerza, si no física sí espiritual. De ahí que el cortarle el pelo le hundiera psicológicamente.

Del mito de Berenice, la esposa del faraón Ptolomeo III. Cuentan que nada más subir al trono hubo de ir a apaciguar la región de Asiria donde Seleuco II había asesinado a su sobrino y su hermana, eherederos legítimos. Tanto temía Berenice por su esposo que ofreció a Afrodita su larga y sedosa cabellera si le traía de vuelta sano. Así ocurrió y tal cual prometió, se cortó sus cabellos en una larga trenza y la ofreció en el templo (costumbre arraigada después en la tradición cristiana de ofrecer las cabelleras para adornar las figuras religiosas). Pero un día desapareció y a unque se creyó que la había robado el sacerdote de Serapis, por celos de que la hubiera ofrecido a una diosa griega y no egipcia, nunca pudo demostrarse. No obstante y ante la gran pena que embargaba a Berenice, el sabio astrónomo Conón de Samos, gran amigo de Arquímedes de Siracusa, le dijo que había observado que en el cielo noctruno había aparecido una gran constelación de estrellas pequeñas y que formaban una casacada blanquecina que puede verse bajo Leo, y entre los Canes y el Boyero. Afrodita la había cogido del templo y la había puesto en los cielos.

El cuento de Rapunzel, la niña encerrada en una torre. El cuento de Rapunzel, cuya imagen ilustra esta entrada, es la recuperación de los hermanos Grimm de una vieja leyenda. Una pareja sin hijos vivia junto a una casa con un alto muro, tras el cual vivía una horrible anciana a la que todos temían pues decían era una bruja. Del muro colgaban campanillas (Rapunzel en alemán) que enamoraron a la mujer hasta el punto de hacerla enfermar por no atreverse a cogerlas. El esposo viendola así se decidió a tomar un puñado para hacerle una corona a la mujer y adornar su cabello, pero fue descubierto. La bruja le dejó marchar con las campanillas si le prometía entregarle el primer hijo que tuviera. como llevaban tanto tiempo y creía que nunca tendría hijos, aceptó. Pero las cosas salieron mal y la esposa quedó encinta y tuvo una hermosa hija a la que llamó como aquellas flores que tanto gustaba. Pero el hombre hubo de cumplir su promesa y entregarla a la anciana. La encierra en una torre sin puertas, y solo con una ventana por la que descolgaba su pelo para que pudiera trepar por él. el hijo del rey la ve y se enamora, y cuando la bruja se amrcha el hace lo mismo que ella. Así día tras día hasta que la bruja los descubre, corta el pelo de Rapunzel y la lleva al desierto, mientras hace que el principe se despeñe quedando ciego por las zarzas que crecen al pie de la torre. La historia tien un fin agridulce con el principe ciego que vaga sin consuelo y es encontrado por la pobre Rapunzel que lleva en sus brazos dos niños gemelos nacidos de los encuentros con él en la torre.
Pero aquí nuevamente, el pelo era el símbolo de la libertad y la rebeldía de Rapunzel, el objeto sexual deseado por la bruja y el principe, que es cortado en cuanto se descubren los amores ilícitos de los jóvenes.

No quiero acabar sin dejar a modo de anécdota la explicación de la expresión "salvarse por los pelos".
Era costumbre que los marineros de la antiguedad se dejaran crecer el pelo, no solo como ese símbolo de bohemia y libertad de los hombres de mar, sino para que si caían al mar heridos o quedaban medio ahogados pudieran ser izados a bordo por sus compañeros tirandoles del pelo para mantener la cabeza fuera del agua.
Y dicho lo cual, voy a sacar la melena al viento, o lo que queda de ella, mientras me dure.

 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Dignidad

 
 


Cuando me quitaron la Esperanza, me quedó la Resignación.
Cuando me quitaron el Orgullo, me quedó el Honor.
Cuando me quitaron el Bienestar, me quedó la Honradez.
Si me quitan la Dignidad, no me quedará Nada.


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miércoles, 24 de julio de 2013

El punto de encaje


 

La época actual en la que nos vemos inmersos, nos llena de información y nos evita tener que usar la imaginación en lo posible.

Por tanto, la credibilidad o mejor dicho, la credulidad, ha dejado casi por completo paso a un estado de solo creer en lo que se puede comprobar por métodos científicos y que es aprobado por la mayoría.

Y lo dice un incrédulo pertinaz.

 

Pero hubo una época en la que esto no era así, una época en la que había que creer en lo que contaban los viajeros y los viejos del lugar; sin documentos gráficos que lo soportaran, sin imágenes para su comprobación, sin fotos, solo oír lo que nos contaban e imaginárnoslo.

Cuando a un niño se le cuenta una historia o un cuento, este usa su imaginación para crear en su mente una imagen ideal de lo que se le esta contando. No se trata de dar toda la información de , por ejemplo , cuantas torres tenia el castillo o cuanto costó construirlo o de que estaba hecho el traje de la princesa , cuanto tenia de lana y cuanto de tul , así mismo la época tampoco es importante, y sin embargo las historias corrían de boca en boca , de una aldea a otra , de una región a otra y de uno a otro continente , sin importar la religión ni la diferente cultura , así las mas antiguas historias están presentes en la gran mayoría de las culturas por muy diferentes que estas sean y sus personajes solo cambian el nombre, adaptándose a los diferentes países.

 

Antes, la mayoría de las gentes eran muy receptivas a este tipo de historias; no tenían ningún referente que les impidiera creer en historias y leyendas de brujas, duendes y dragones, de princesas raptadas y príncipes encantados, fantasmas y espíritus, dioses y héroes legendarios, en lugares remotos o en otra tierra paralela a la nuestra que normalmente estaba fuera de la vista en condiciones normales.

 

Hoy, la vida materialista y los medios de comunicación, el ajetreo de las grandes urbes y el olvido de las costumbres y usos ancestrales, hace que hayamos perdido esa capacidad de creer; lo que no vemos en prensa o televisión, no existe. Y sin embargo el miedo a lo que pueda pasar o la desesperación nos lleva a confiar en los mal llamados adivinos o brujos de teléfono prepago y payasos televisivos que inundan las revistas y periódicos con sus oráculos y bolas de cristal, al estilo de las gitanas de feria, que engatusaban a los incautos, con sus palabras y lentejuelas.

 

La forma en que los hombres y mujeres del pasado veían el mundo ha quedado relegada a la infancia, un mundo en el que lo real y lo imaginado aun se entremezcla, gracias a la inocencia y falta de materialismo y preocupación de los jóvenes, quedando cualquier creencia como algo pueril y causante de risa.

 

Pero hay personas que aun son capaces de separarse del mundo real y rebuscar en la memoria colectiva que hay en lo más profundo de su cerebro.

 

El punto de encaje

Imaginaos un camino, separado por una valla del terreno que hay a su alrededor, caminamos por el. Este camino es en un principio mas ancho y a medida que vamos adentrándonos en él, se va estrechando. Además, la valla cada vez se va haciendo mas gruesa haciendo cada vez más difícil el ver lo que hay al otro lado.

Este camino sería nuestra vida, lo que percibimos por nuestros sentidos, la valla son los limites de la imaginación, el sendero sería el mundo real y el terreno que lo limita el mundo imaginado.

Así, de niños, es mas ancho ya que percibimos muchos estímulos sensoriales, que a medida que pasa el tiempo van mermando. La valla que separa el mundo real del imaginado es solo un suave velo fácil de atravesar en esta etapa, pero a medida que vamos creciendo lo vamos engrosando, hasta que es un sólido muro, el cual somos incapaces de derribar.

 

Este ejemplo me sirve para explicar lo que es el Punto de Encaje, el mundo tal cual es, tal como lo percibimos por los sentidos, con sus olores, sonidos, sabores, colores y textura. Tal y como llega a nuestro cerebro, a través de los distintos órganos sensitivos, y que a medida que crecemos, la experiencia nos va haciendo "encajar" un olor o un sabor o un color a una cosa concreta.

Normalmente esa “visión” del mundo a veces coincide con lo que nos van diciendo desde niños que es ese mundo que nos rodea.

Pero hay personas, que como los niños o nuestros ancestros, son capaces de salir de ese Punto de Encaje, de derribar el muro que se ha levantado a ambos lados del camino, al menos durante un trecho, de percibir los sentidos pasándolos a través de un filtro, su imaginación.

 

 

¿Te gustaría saber si eres una de esas personas privilegiadas?

Una amiga, Siobhan, me hizo estas preguntas y me abrió la inquietud hace mucho tiempo ya.

 

-¿Has estado alguna vez en un bosque, y de repente todo se ha parado a tu alrededor? Sonidos de pájaros, el ruido del viento en los árboles, voces de personas, el olor de la tierra. ¿Y no te ha ocurrido, que entonces, el verde se ha tornado puro, los demás colores han adquirido un tono distinto, se ha vuelto todo como una pintura?

 

-¿Has ido a ver unas ruinas, y las voces de quienes están cerca desaparecen poco a poco, pero un susurro te llega y piensas en las personas que han vivido allí , aun cuando esas ruinas no sean un monumento histórico o antiguo , simplemente una vieja casa? ¿Te has preguntado a ti mismo, como seria su vida diaria, reirían y llorarían en ese rincón, discutirían aquí, se amarían allí?

 

-¿Estas frente al mar, y piensas en la fuerza que podría hacer que todo lo que conoces desapareciera en un instante, el sonido de las olas te envuelve, y una especie de neblina en tus ojos hace que lo veas todo diferente?

 

-¿O frente a una montaña, te ves como un ser diminuto, algo en lo que si esa montaña tuviese vida ni repararía en tu existencia? ¿Oyes el ruido del viento cortando la sierra y te das cuenta de que todo eso estaba allí antes de que los antepasados de nuestros antepasados existiesen, y seguirá allí cuando los nietos de nuestros nietos hayan muerto?

 

-¿Ves un ave volar, cerraste los ojos e imaginaste, que vera el desde lo alto, que sentirá viéndonos tan ridículos con los pies pegados al suelo? ¿Y te sientes con ganas de subir allí arriba con el?

 

-¿Y una noche, bajo el manto estrellado del firmamento, piensas que un día un hombre hace unos miles de años estuvo admirando esas mismas estrellas, una noche igual que esta? ¿Y miras el fuego y reconoces que un poder desconocido te hace acercarte y vuelves las palmas de tus manos hacia el sin poder dejar de mirarlo, como haría el primero que perdió el miedo a su calor?

Amigo o amiga, si jamás has sentido nada de eso, continua tu vida, con tu teléfono móvil, tu agenda electrónica y pensando que antes de ti no hubo nada importante y que lo que venga después, poco te importa.

Pero si lo has sentido , y hasta incluso sentiste vergüenza de expresarlo en publico , por miedo a la risa vulgar de los ignorantes , que te ven como un ser raro , un soñador o un imaginativo que casi roza con la locura , no pienses que eres el único en el mundo , somos algunos mas de los que crees , que vivimos en la sombra de la ignorancia de los incapaces de sentir , de imaginar , de soñar , de ver mas allá de su nariz.

 
El dialogo interno


Nuestro cerebro nos está hablando continuamente. No lo percibimos el 99% del tiempo, pero es así, y si te paras ahora mismo seguro que lo está haciendo. Mientras me estás leyendo te estas repitiendo lo que lees y hasta incluso debatiendo interiormente. Lo haces de continuo.

Es esa vocecita , no la conciencia (que también), sino ese continuo dialogo que te dices interiormente mientras vives.

“Uf, tengo que ir al baño”, “Ah que tengo que comprar pan” “Lo que me dijo fulanito no se lo cree ni él”, “Menudas piernas la de ahí delante”, “Joder que larga esta calle”… y así de continuo. Ahora estarás todo el rato pensando en lo que te dices… pero se te olvidará porque es algo que hacemos de forma involuntaria e inconsciente.

Este dialogo es el que te hace pensar de una forma, creer en algo, ser capaz de algo, atreverte a algo, ser consciente del mundo que te rodea. Pero ese dialogo se forma por el mundo que te han hecho ver. Es parte de tu forma de vivir. De lo que tú crees que puedes o no, hacer. De lo que tú sabes que puedes o no, hacer. De lo que tú crees que debes o no, hacer.

El dialogo interno crece y te habla más cuanto más adulto eres. Es el Pepito Grillo que te frena, te empuja, te domina.

Posiblemente los niños no tengan mucho dialogo interno, como los animales, porque ellos no necesitan preguntarse continuamente si deben o no hacer, si pueden o no hacer. Lo hacen y punto. No tienen las barreras morales impuestas.

Existe porque nos lo imponemos para preguntar a nuestro cerebro si estamos actuando bien, y nos acompaña el resto de nuestra vida.

Algunos son capaces de detener ese dialogo a base de mucha concentración. Son maestros de la meditación. Otros quizás los distraen un poco con la imaginación, los maestros de la evasión.

Hay muchas formas de hacerlo. Leer un libro en el que te sumerges de lleno, o una película.

El rol es quizás también un método de, por un par de horas distraer ese dialogo.

Aquel que sea capaz de modificar su dialogo y convencerlo de lo que quiere, tiene resulto un gran problema, el de la autosugestión o el autoconvencimiento. Es algo muy difícil de lograr y pocos lo logran, el que escribe incluido. Pero hay que intentarlo.

 

Por último, hay una forma natural de detener ese dialogo aunque sea por unos instantes, segundos quizás. Se llama orgasmo y es lo único que, mientras se está vivo, puede detenerlo sin hacer nada más que dejarse llevar. La petite mort que dicen los franceses. La comunión con los dioses que llaman los místicos. El Nirvana de los ascetas.

 

 

Trata de llevar tus sentidos hacia donde tu quieras llevarlos, evádete unos minutos con buena música, buena lectura, o lo que te relaje. Cambia tus pensamientos hacia lo que tú los quieras llevar. Y en última instancia, busca a quien te lo permita y muere unos segundos con él o ella.

martes, 11 de junio de 2013

Los 40




No, no voy a hablar de ese programa de radio tan famoso, en el que previo pago te ponen tu canción como si fuera la más votada y la mejor del mundo mundial de la semana. Aunque por el título, lo parece.

 

“De cuarenta para arriba, no te mojes la barriga”, dice el refrán popular. Y qué razón tiene. Solo que muchos no saben interpretarlo.

La mayoría imagina que quiere decir: a partir de los 40 se te acabó todo. Gran error que lleva a algunos (muchos) a cometer estupideces que… bueno, no adelantemos acontecimientos.

 

Según tengo entendido, está científicamente demostrado que el ser humano está diseñado para vivir hasta la cuarentena, el resto es ciencia y medicina. Y así es, allá donde no existe ni lo uno ni lo otro, es difícil encontrar seres humanos mayores de 40 años. Mueren de viejos. Sí, como lo lees.

Sin embargo, en las sociedades civilizadas, gracias a la ciencia y/o la medicina, podemos doblar esa edad, y lo que es mejor, hasta en buenas condiciones algunos.

El refrán de arriba quiere decir, más o menos y según mi interpretación, que a partir de esa edad no es recomendable tirarte a los excesos en nada (no que dejes de hacer todo lo que hacías). Que te empieces a tomar la vida con más relajo, que le empieces a dar importancia a las cosas que de verdad la tienen. Que al fin crezcas mentalmente, que ya llegaste, no a la mitad de tu vida, sino a la cima. Que desde ahí arriba no veas todo como esa cuesta abajo que si te descuidas te vas y te caes rodando (porque es cierto, pero hay que superarlo), ni que ya llegaste al límite y te queda una desgraciada vida de lamentos hasta el final.

No, desde la cima puedes mirar atrás, y ver todo el largo camino que llevaste de subida. Puedes ver lo que has tenido que sortear para llegar dónde has llegado, tus errores, tus aciertos. Pero no para gimotear por haberlos cometido, sino alegrarte por haberlos afrontado. Aprender de ellos para no volverlos a cometer en tu siguiente etapa. Hacer de la bajada una suave pendiente y no un precipicio. Ver también qué hiciste bien, pero no dormirte en el nido de águilas que supone el haber llegado tan alto, sino el sentirte orgulloso de lo que hiciste y tratar de aprovecharlo.

Tienes ante ti toda una vida por delante para dedicarte, ahora sí, a emendar todo aquello que antes no supiste y allanarte la bajada. Para recuperar, con sosiego y tranquilidad, todo aquello que te supuso un placer, o un acierto. Pero has leído bien, con sosiego, porque mojarte la barriga ya, como que no. Disfruta de más tranquilidad, de mejores cosas, de la vida en suma.

No sabes si llegaste a la mitad de tu vida, o si por mala suerte se truncará dentro de unos meses. Ese es el misterio y la suerte de la vida, no saber cuanto dura en realidad. Imagina tener una fecha de caducidad. Siempre andarías contando los días que faltan como una cuenta atrás. Por suerte no es así, así que disfruta hasta que puedas.

Pero hay gente que interpreta esta frontera como algo negativo. Ya no podré hacer aquello que no hice. Ya se me acabó todo. Empezaré a engordar, a envejecer, a no poder trasnochar, los achaques…buf…

 

¿Y cómo salen del estrés que produce esa “certeza”? queriendo retrasar lo inevitable a fuerza de lo que sea.

Entonces comienza la loca carrera desenfrenada por disfrutar de todo aquello que no pudiste disfrutar y por no parecer aquello que cada vez eres más.

 

Sobre lo primero, un compañero mío me dijo, allá cuando tenía yo 30 añitos: “El que no la corre a los veinte, la quiere correr a los cuarenta, hasta que se da cuenta”.

 

Claro, hasta que se da cuenta que está convirtiéndose en un ser patético. Un eterno joven o eso cree. Porque el problema no es sentirse joven, o parecerlo, el problema es creértelo cuando ya no lo eres y hacer cosas que solo harías si tuvieras veinte años.

Porque pasa que las consecuencias de las cosas que hacías o podías hacer con veinte años, ya no serán las mismas que ahora con cuarenta. En todos los ámbitos.

 

Hasta que te das cuenta y entonces es peor. Entonces te avergüenzas de ti mismo y de lo que has hecho o querido hacer. Y te sentirás tan mal que entonces querrás vivir, no ya como alguien de cuarenta, sino como un avejentado cuarentón, para redimirte.

 

Y lo otro, el luchar contra la naturaleza. Que sí, que te estás quedando calvo, o tienes menos pelo del que tenías antes, más entradas, más arrugas en los ojos, algo de barriga, esas canas que cada vez te platean más y las carnes que ya cuelgan un poquito. Pero joder, tranquilos, que aún no sois unos ancianos decrépitos, que estáis en esa época interesante en la que los treintañeros y treintañeras se fijan en vosotros y nos os ven como a “puretas” carcamales, sino como a esos que ya vienen de vuelta y lo controlan y saben todo. Que tienen poco ya que aprender y mucho que enseñar. Que aun hacen buen caldo y se lo toman todo con más tranquilidad y más sosiego. Esos que aun tienen noches para una cerveza y una cena, y dan consejos que no lo parecen, porque aun no cuentan historias del abuelo Cebolleta, pero te dicen que él o ella ya vivieron lo mismo y sobrevivieron de esta o aquella forma.

 

Muchos se gastan una pasta en antiedad, anticanas, antiarrugas, antipatas de gallo, antitodo. Pero por mucha pasta que te gastes, y sin llegar a acabar como Cher o Marujita Díaz, te darás cuenta de que la naturaleza es inexorable y que es mejor envejecer con el paso del tiempo, como es natural. Te hace ser una persona y no un muñeco de cera.

 

Porque no eres el joven que tenía el mundo a sus pies, aunque luego caes en la cuenta que el que estabas a los pies del mundo eras tú y tu inocencia o tu ignorancia. Pero tampoco eres el prejubilado o jubilado que ya te crees invalido para todo y estorbo en casa.

Eres el que está en el tejado del gallinero cacareando al sol que amanece, porque tú aun puedes.

 

En definitiva, bienvenidos a la edad de plata. Donde aun eres lo suficientemente joven para tener toda la vida por delante y eres lo suficientemente mayor como para no ir cometiendo errores. Relájate y disfruta, que empiezas a merecértelo.

martes, 14 de mayo de 2013

Mi estanque

 
 
A petición del público selecto

El día que casi me ametrallaron.

 


5 de marzo de 2004

 

Una semana antes de los tristemente famosos atentados de Madrid, los Astilleros públicos de España teníamos una macromanifestación en la capital del Reino. Cinco mil que comenzamos a subir por la calle Velazquez, nos convertimos en once mil manifestantes casi una hora después, en una clara y tibia mañana.

 
Pero rebobinemos, porque no vengo a contar lo que sentí aquel día épico, sino lo que aconteció durante la madrugada anterior en… “El día que casi me ametrallaron”.
 
Salimos a las once de la noche del día anterior. Se fletaron autobuses para llevarnos a los trabajadores desde toda España, pero yo rehusé usarlos porque me resulta imposible viajar en uno de esos artefactos. Estuve 4 años haciendo autostop en la carretera entre Chiclana y Puerto Real, desde los 14 años, por no subirme en uno. Me resultan insoportables. Incómodos, asientos mugrientos algunas veces, desvencijados, chóferes que se creen que llevan un coche de caballos o un Ferrari, interminables horas sentado sin poder ni estirar las piernas ni los riñones. Y por supuesto para un agorafóbico practicante como yo, criminal. Que ahora por la crisis y por ayudar al planeta a descontaminarse, (vale solo por la crisis) he tenido que dejar el coche en el garaje en la calle y tomar el autobús de la empresa y joderme acostumbrarme, es otro tema.

Pero volvamos a aquella noche. Tomé la determinación de ir en mi vehículo particular y salir a la misma hora que los buses y seguirlos, aunque al final me fui por mi cuenta. Me acompañaban mi mujer, mi cuñada (que quería vivir in situ un evento como el que íbamos a tener) y un compañero que sería el que me relevaría conduciendo para no tener que parar.

La mañana antes me habían pedido que llevara los palos que servirían de astiles para las banderas andaluzas que exhibiríamos durante la manifestación y que alguien llevaría en un rollo (que aún tenían que comprar y por eso no se pudieron hacer). Así es que nos pusimos en marcha.

Todo iba perfecto, sobre todo para mí que iba durmiendo en el asiento del copiloto. Yo conduje hasta salir de Andalucía por Despeñaperros y allí, en Santa Elena, nos relevamos. De repente el compañero me despierta a empujones.

 

-          Quillo, el mando de la ventanilla dónde está.

-          Joder – le digo – ahí en la puerta.

-          Pero dónde, cual es –dijo apremiante.

 

En eso momento me doy cuenta de que nos apuntan con linternas y se oyen fuera gritos voces de alguien que dice “Que abras la ventanilla, coño”.

 

-          Es la Guardia Civil, un control, dónde está el botón pa abrir, que no quieren que abra la puerta.

 

Yo me agacho para darle al botón y en ese instante empiezo a oír un griterío afuera, de voces dando el alto y de manos arriba. Un perro saltaba como una fiera en mi ventanilla mientras una luz cegadora me sacaba los ojos. Levanto las manos.

 

-          Qué manipulas ahí, eh, qué manipulas –dijo el que después se identificó como teniente.

-          Es que no sabía donde estaba el mando –dijo mi compañero.

-          Cómo que no sabes dónde está el mando.

-          Es que el coche no es mío –la hemos liao.

-          Cómo que no es suyo, ponga inmediatamente las manos sobre el volante.

-          Mi teniente, hay dos más en el asiento trasero.

 

Mi mujer y mi cuñada, tapadas por una manta hasta las cejas por el frío, levantan las manitas como conejitos atrapados.

 

-          Las manitas, que yo las vea, arriba. (cada vez que he visto lo del crimen de los abogados de Atocha me ha recordado a aquella escena real). Y usted (por mi) salga del vehículo.

 

Ya mi compañero le había explicado al teniente que el coche era mío.

 

-          Y porqué lo lleva él –me pregunta un picoleto que me apunta con una metralleta y una linterna.

 

El perro me salta a la cara y noto su aliento y me salpica de babas. Yo que tenía entonces unas melenas hasta más allá de los hombros, me las aparto de la cara, aun adormecido.

 

-          Me quieres quitar la luz de la cara y el bicho este que me va a morder –digo en un acto más de inconsciencia que de chulería.

-          Que salgas del coche te digo.

 

Total que salí de allí y me cachea.

 

-          Pero qué buscas.

-          Tú estás tonto o qué –me grita el teniente que ya se ha puesto a mi lado, un chavalín que no tendría más de 25 años recién salido de la academia y al que le habrían puesto aquel marrón. –Que he estado a punto de ordenar abrir fuego cuando te he visto manipular.

-          Mira, yo no manipulaba na. Estoy durmiendo tranquilamente y me dice que está la Guardia civil y que le diga dónde se baja la ventanilla y se lo he dicho.

-          Pues estamos muy nerviosos eh, te has librado por un pelo chaval (supongo que ya estarían atentos a algún movimiento sospechoso que luego se tradujo en la masacre de la semana después).

-          Sí vamos que tengo pinta de etarra o qué.

-          No me vaciles chaval, no me vaciles y abre el maletero. Adónde vais.

-          Vamos a Madrid a una manifestación de Astilleros.

-          ¿Eres de Astilleros?

-          ¿Me puedes quitar la linterna de la cara que es que no veo na? Sí, soy de Astilleros, sí. Vamos a pedir que no nos cierren.

-          Qué llevas ahí –le enseño el equipaje ya que habíamos decidido echar todo el fin de semana en Madrid, y de pronto ve los palos. –Y eso para qué es.

 

Por un momento pensé decirle que era de mi padre para sujetar las tomateras, pero por suerte lo deseché al instante. Se lo toma por cachondeo y me llevo una ostia y duermo en la furgona, que por cierto luego comprobé que había quince o más haciendo un pasillo en zig-zag en toda la autovía.

 

-          Es para la manifestación –Ahí arreglándolo.

-          Cómo que para la manifestación.

-          Para hacer banderas.

-          Pues me parece que no vais a tener banderas. Ya puedes sacarlos y tirarlos ahí al arcén.

-          Como usté mande teniente.

El perro seguía ladrándome y levantándose, y ya me estaban empezando a tocar los cojones.

 
-          Teniente, le quiere decir a este hombre que me quite el perro de encima y me deje de apuntar con la metralleta. Es que me va a morder o se le va a escapar un tiro –ahí buscándome la ostia.

-          Cabo, puede retirarse. Es que estamos muy nerviosos –empezó a disculparse – y te he visto ahí manipulando…

-          Otra vez con manipular, que le estaba diciendo a…

-          Ya pero yo que sé si el coche es tuyo y el conduce y con… -me señala el pelo – y luego las chicas de detrás metidas bajo las mantas.

-          Es que somos de Cádiz y allí ya hace un calor que te cagas y no veníamos preparados. Tenían frío.

-          Ya hombre, ya. Venga seguid y tened cuidado no forméis na grave en Madrid.

-          Venga, de acuerdo y gracias por no matarnos.

-          Anda tira ya que no me arrepienta. Y la próxima vez no manipules.

 

Otra vez no manipules, si yo no… pero bueno era inútil seguir con un dialogo de besugos. Lo mejor irse ya. Me subo al coche y me abrocho el cinturón. El silencio era sepulcral. Y yo para romperlo no se me ocurre otra que decir “Pos nos iban a ametrallar por etarras”.

 
La madrugada transcurrió con normalidad hasta llegar a Madrid y luego, después de desayunar ya comenzamos a comentarlo en tono de guasa. Que si todo era por mis pelos, que si creerían que llevábamos a las dos secuestradas o que tenían goma 2 bajo la manta. Que mira que no saber como se abre una ventanilla, que si encima te pones chulo con el del perro.

 
El fin de semana fue espectacular por la gran marcha reivindicativa, y por que conocimos en persona a un gran hombre que tenía el deber de conocer y que fue mi hermano Connle, que encima nos presentó a su novia de entonces y nos acogió en su casa. Un gran final para endulzar el ¿amargo? comienzo.

Yo aun no soy muy consciente de que aquel día pude ser detenido, o quizás algo peor. Desde entonces, aunque sigo respetando a la “meretérica”, he dejado de tenerles miedo, porque sé que ellos tenían más miedo que yo esa noche.